No hay posiciones tempranas cuando ya se ha vivido una larga y dramática experiencia en la historia política de la modernidad, particularmente de la trama de las revoluciones. Seguir insistiendo en apoyar las repeticiones dramáticas de simulaciones políticas, pues no son otra cosa, de las revoluciones anteriores y decir que es demasiado pronto la evaluación y la crítica, no es otra cosa que manifestar patentemente un conservadurismo recalcitrante y el apego a ilusiones, es decir, fantasmas, fetiches, que ya deberíamos haber defenestrado. En otras palabras, es apostar a nuevas derrotas, después de haberlas sufrido antes.
